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Real convento de San Francisco, de Zaragoza

Su fundación

El Real Convento de San Francisco, de Zaragoza, fue fundado a instancias del infante D. Pedro, hermano de los reyes D. Alfonso III, D. Jaime II y D. Fadrique de Sicilia e hijo de D. Pedro el Grande y Dª Constanza. Muerte el infante en el cerco de Mayorga, en Tordehumos, y según él mismo lo había dispuesto en su testamento, se le entierra en "su convento de Zaragoza, donde se ve su magnífico sepulcro" (José Antonio Hebrera).

En la fundación del convento, juega un decisivo papel el venerable fray Romeo Ortiz de Sinthia. Las condiciones insalubres del antiguo convento situado extra muros de la ciudad, entre los ríos Huerba y Ebro, aconsejaban hallar un sitio en la ciudad donde vivir en mejores condiciones. Las gestione requeridas para llevar a cabo tal proyecto fueron tan notables como laboriosas. La santidad de vida de fray Romeo, su sobresaliente formación teológica, la misma prestancia del cargo de ministro provincial de Aragón y el hecho notable de ejercer como confesor del infante D. Pedro, hijo de los reyes D. Pedro el Grande y Dª. Constanza, le avalaban como la persona idónea para llevar a cabo tan digno propósito. Disponía de una ocasión propicia; el decreto de extinción, llegado desde Roma, del pequeño convento religiosos de la Penitencia, situado en el Coso zaragozano. Era el lugar apropiado para la pensada fundación del nuevo convento franciscano en él.

No resultó, con todo, fácil llevar a cabo tan oportuna determinación, ya que a su vez, Dª Constanza y un conjunto de nobles señoras habían determinado ocupar ese mismo lugar para vivir retiradas en él.
La constancia del buen fraile y el fervor franciscano de un grupo de nobles personas vinieron en su ayuda. La noble matrona Dª. Beltrana Duerta, señora de D. Hugo de Mataplana, D. Pedro Cornell, señor de la baronía de Alfajarín y D. Esteban de Roda, baile general de Aragón, de acuerdo con fray Romeo, convinieron en convencer a la reina de la urgencia de sustituir el antiguo convento franciscano por otro que reuniera condiciones más saludables que las que se sufría en aquel. El lugar más aconsejable era el conventículo de la Penitencia en el Coso. Todavía existía la mancomunada oposición de un sector de ciudadanos, la parroquia de San Gil y la iglesia de Santa Engracia, que acabaron por unirse a la generosa concesión de la reina en favor de los frailes de San Francisco.

El traslado de los religiosos desde el antiguo convento al de los fraile de la Penitencia se lleva a cabo el día 1 de mayo de 1286. Y "el siguiente día, concurrieron con el Infante Don Pedro en la iglesia del convento mismo, el obispo Don Hugo, la Señora Doña Beltrana Duerta, Don Pedro Cornell y don Estevan de Roda, y en manos del Venerable Padre Fr. Romeo Ortiz hicieron Voto de ser enterrados con el Hábito de San Francisco en aquella iglesia y hacer entre todos un Convento, y Templo muy sumptuoso dividiéndose las partes de la Fábrica en esta Forma": etc...(cfr. Fray José Antonio Hebrera, Crónica de la Provincia de Aragón, Madrid, 1991, pp. 311 y 312)

Fray Romeo, elevado al cargo de ministro provincial de la Provincia de Aragón, dedicó una buena parte de sus esfuerzos a alentar las obras de construcción del convento, al que dotó de una excelente librería que enriqueció con libros "muy graves y preciosos", de modo que el historiador del convento fray Tomás Jordán, ponderaría su valía sobresaliente.

La fundación del convento lleva consigo hacer de la Provincia a la que presidirá en lo sucesivo un modela de renovada vida evangélica, tarea que se encomienda el buen fraile corrigiendo extravíos y animando a recuperar la forma de vida que acredito con la suya San Francisco. A este fin, organiza con incansable tesón la formación religiosa de los frailes para lo que escribe "un doctísimo formulario", ordena las aulas de estudio, las cátedras y horario de las lecciones, poniendo en forma estudios y estudiantes (o. c., p.312 b).
Sus restos yacían en la sala capitular del convento, junto a los de su buen amigo el obispo zaragozano D. Hugo.

Los cronistas insisten que es el infante D. Pedro quien determina la fundación del convento el año 1282, concluido en 1286 (Hebrera, o.c. t. II, p.22, 2ª col.). La escritura de propiedad de las huertas se fecha en Zaragoza, el año 1265.

Merece la pena insistir en las contrariedades y dilaciones que hubieron de vencerse para la fundación, por la enconada oposición que ofrecieron los Jurados y Consistorio de la ciudad al traslado de los religiosos del antiguo convento al del Coso, justo en el lugar llamado las Huertas del rey, contienda en la que no se duda en apelar a Roma, hasta que interviene y resuelve tan reñida contienda de un plumazo la mano recia del rey D. Pedro el Grande de Aragón, que además patrocina personalmente la fundación: "Y desde ahora nos instituimos y declaramos Patrono de dicho lugar, por especial gracia y amor que tenemos a los religiosos", declara paladinamente el rey en su decreto que se pregonó en toda la ciudad. No así la iglesia, que data de 1447, fecha en que autoriza su erección el papa Nicolás V ( Cfr. AIA, XXXV, 1932, 93).

Restos nobiliarios en la iglesia

Tan noble origen explica que su iglesia sea rica en restos nobiliarios, donde están sepultados los infantes D. Sancho y Dª. Isabel, sus hijos y los de su mujer Dª. Teresa de Entenza. Yace allí igualmente el cuerpo de la reina Dª. Teresa de Entenza, primera mujer de D. Alfonso IV, como muestra la efigie de su sepultura. Igualmente, duermen en ella los restos del infante D. Fernando, en un sepulcro de mármol situado en el presbiterio, enfrente de la puerta der la sacristía (Antonio Hebrera, o.c, p. 100, nº 252; Zurita, parte I. Lib. 5. Cap. 22. Fol.369. Col.4).

Es explicable además, si se considera bien lo que dice el P. Antonio Hebrera en el tomo II de su Crónica, p. 22, en la segunda columna, donde atestigua que: "Todos los reyes de Aragón fueron devotísimos de nuestro Padre san Francisco, y como por emulación y piadosa competencia, bienhechores de sus humildes hijos". De hecho, Alfonso II, toma "bajo su amparo a todos los conventos de Aragón y la Corona, y les daba la franqueza y la salvaguardia para cuanto se les ofreciera. Dat. En Huesca a 7 de Julio de mil ducientos ochenta y seis", y lo refieren las Memorias de la Provincia de Valencia" (Hebrera, o. c. p. 102, n1 256).

El convento y las historia de Aragón

Es igualmente relevante el número de personajes insignes que han pasado por sus claustros y el de acontecimientos relacionados con ellos, como el que protagoniza el asilo prestado a los infantes D. Pedro IV de Aragón y su hermano D. Jaime, Conde de Urgel. Eran hijos de D. Alfonso el Benigno y Dª. Teresa de Entenza, y perdieron a su madre a muy tierna edad, por lo que tuvieron que sufrir la animosidad de Dª. Leonor de Castilla, con quien el rey vuelve a casarse y de quien tiene dos hijos más, D. Fernando y D. Juan, que no podrían reinar mientras vivieron sus hermanastros. Es la razón por lo que la reina les declara abierta y peligrosa hostilidad, hasta hacer tremer por sus vidas y tener que ponerse a buen recaudo.

El Arzobispo de Zaragoza, D. Pedro de Luna, D. Gimeno de Gurrea, abad de Montaragón, su hermano D. Miguel de Gurrea, gobernador del reino, Miguel Pérez Zapata, García de Loriz y el secretario Lope de Concud, todos ellos amenazados por la reina Leonor, se obligan a exilarse a Zaragoza, donde tampoco se sienten seguros, por lo que continúan hasta Jaca, que por la proximidad con Francia entienden que es plaza más recomendable. Tampoco allí se sienten con la protección requerida y vuelven a Zaragoza.

Es aquí donde convienen en poner bajo la tutela y protección, en el convento de San Francisco, de fray Sancho López de Ayerbe, tío y confesor de los infantes y persona muy estimada por los reyes D. Alfonso y Dª. Teresa.

Nombrado rey de Aragón D. Pedro IV, gratificaría con esplendidez al convento donde había convivido gratamente con los religiosos de la comunidad franciscana, cuando ejercía el cargo de guardián fray Francisco Caballero. D. Pedro había nacido en Balaguer, Principado de Cataluña, el año 1319.

La guerra de los Pedros

Hubo un momento en que, en la guerra de los Pedros, con la Iglesia todavía sin cubrir, estuvo a punto de ser demolida por los hombres de armas que se preparaban para defender la ciudad contra los castellanos, que habían tomado ya la ciudad de Tarazona, a fin de evitar que el adversario se agazapase en sus muros. Torres y edificios próximos al Ebro, fueros derrabados sin dilación. Los religiosos, alarmados, apelaron al favor real, dado que la misma madre del rey había contribuido pecuniariamente a la edificación del templo, e instaron ante su majestad para impedir su ruina, intento en que fue decisiva la mediación de fray Juan de Aragón, confesor del rey y arzobispo de Caller. ( Hebrera, o,c. Libro primero, cap XLVI, nº408).
La estrategia militar aconsejaba el derribo de las dos puertas de la iglesia, la que da al Coso y la lateral

La guerra entre castellanos y aragoneses asoló cuatro conventos, dos de ellos en Calatayud, el de San Francisco y el de las Claras. Concluida la contienda, el rey D. Pedro tomó a cuenta suya la recuperación de ambos conventos, determinan do que se levantasen "en los lugares en que ahora están" (Cf. Hebrera, o.c. libro primero, cap. XIVI, nº 4108).

La iglesia

Junto con el convento, la iglesia ha de sufrir el abandono de los frailes durante la epidemia que diezma todos los conventos. La fabrica había quedado con la paredes tocando el friso de la iglesia, gracias a los servicios de fray Sancho López de Ayerbe, confesor real y miembro de su consejo particular, quien obtuvo del rey un importante donativo, treinta mil sueldos, con el que el guardián del convento, fray Francisco Caballero, hizo subir las paredes hasta el cordón de la cornisa, "quedando cuatro capillas perfectamente acabadas" Eran los años de 1338 (O.c. p. 428-9). Al regreso de los religiosos al convento, tras la peste, el inquiero franciscano que fue fray Juan de Tauste, prosiguiendo la obra de su predecesor, emprende la tarea de dar fin a las interminables obras del edificio. Había que apuntalar el conjunto con las correspondientes columnas sobre las que rematar la edificación con las bóvedas y techumbre protectora.

No sólo pone manos a la obra, sino que a punto de culminarse el proyecto, ha de sufragar los gastos de tan compleja tarea, y el esforzado obrero de Dios se mueve con toda la solicitud de es capaz entre cuantos puedan contribuir a sufragar los gastos, implicando a nobles familias que patrocinen capillas laterales y a la buena voluntad de los demás conventos. Y surge una dificultad aparentemete insalvable: las dimensiones de la iglesia son tales, que no se dispone de jácenas tan recias, largas y sólidas como las que requiere semejante empresa. Fray Juan se deja aconsejar y arropado por "hombres prácticos e inteligentes", él mismo se traslada con ellos a los pinares de Jaca donde elegir árboles que satisfagan los insólitos requisitos de la demanda, y una vez talados y desmochados, se condujeron hasta Zaragoza por los ríos Alagón y Ebro, para asombro y gozoso espectáculo de los zaragozanos, congregados a este fin en ambas riberas.

Retirado fray Juan de su peripecia siliciana, de regreso a su convento, reanuda su empeño de embellecer la iglesia, en losando el piso de la iglesia "con ladrillos comunes hasta el coro y con azulejos finos bien pintados, el presbiterio y las gradas del altar mayor. Mudó la campana mayor de sobre la capilla en que estaba, a otra sobre la puerta de la sacristía, y se hizo de nuevo una torrecilla para ponerla. Hizo un coro bajo en al suelo de la iglesias, con treinta y dos sillas, costosa y primorosamente labradas. Hizo diez y seis bancos grandes escañados, ocho por banda, para los fieles que venían a la iglesia a los divinos oficios y oír sermones. Descubrió un pozo en el claustro segundo y se halló que era de agua viva y no manantial del río Ebro. Compuso con vistosa curiosidad los huertos y jardines de ,los claustros, que los había hallado incultos y perdidos. Labró dos celdas muy espaciosas en la cabeza de los claustros con ventanas a los jardines. Ofreció, finalmente, a los religiosos que si Dios le daba vida, haría en aquel convento cosas mayores".

La iglesias, según relato de fray Tomás Jordán, de quien Hebrera toma estos datos, se había comenzado el año 1286, y se le dio fin en el año 1399 (O.c. pp. 449-50). Con todo, quedan cabos por cortar, porque la iglesia ha de reconstruirse de nuevo por los años de 1471, fecha en que don Juan II, " que era muy afecto a los franciscanos y deseaba ardientemente la terminación de la iglesia" interesa al papa Sixto V para que con alicientes de indulgencias apoye la contribución de los fieles para su pronta culminación. De nuevo, el día 22 de noviembre de 1472, dada la escasez de medios que impide a los religiosos llevar a cabo la terminación de la iglesia, Sixto IV concede "treinta años y otros tantas cuarentenas de indulgencias", desde las vísperas del tercer domingo de cuaresma hasta las segundas, desde las vísperas del tercer domingo de cuaresma hasta las segundas, según la el modo acostumbrado de confesarse arrepentidos y visitar la iglesia, a fin de mover a los fieles a concurrir al templo y socorrer con sus limosnas a la empresa, para lo que habrán de contribuir con una limosna de 7 denarios aragoneses. Abundando en lo mismo,
se llega a conceder a la iglesia del Real Convento las mismas indulgencias del año jubilar romano, durante seis meses, a los fileles que la visiten, cumpliendo siempre las condiciones habituales, con el mismo fin de favorecer el concurso al templo y socorrer con sus limosnas a tan digna empresa. Y todavía, el día 22 de noviembre de 1472, Sixto IV concede "treinta años y otros tantas cuarentenas de indulgencias".(Cfr. P. Manuel R. Pazos, AIA,X, 1950, 75-6)

Restos venerables de la iglesia

No sólo atesora nobles cenizas la iglesia. Entre otros, yacen los restos del santo religioso que fue fray Francisco de Aragón, 1480.

Fueron muchos los religiosos de este convento acreditados por muchos modos, como la santidad de sus vidas o la profundidad de sus conocimientos. Empecemos por quien podemos considerar cofundador del convento y reformador de la Provincia , fray Romeo Ortiz.

Confesor de Pedro IV y Arzobispo de Callera fue el venerable fray Juan de Aragón, a quien se considera hijo eximio de este convento, porque aquí se formó como el santo que fue, Arzobispo de Caller y confesor del rey D. Pedro IV. Se le tiene por el apóstol milagroso de Bosnia y Croacia, donde ejercía su ministerio por los años de 1340. Y es igualmente destacable la memoria de uno de los músicos más celebrados de la península, músico ciego, fray Pablo Nasarre, nacido en Zaragoza en 1664, discípulo de Pablo Bruna de Daroca, cuyas obras sobre técnica compositiva, como Escuela Música según la práctica moderna, alcanza calidad de obra enciclopédica, maestro a su vez de grandes organistas de capilla en su época.

El Real convento y la historia franciscana de Aragón

La Historia del Real Convento de Zaragoza es en muy buena parte la historia de la Provincia franciscana de Aragón, centro espiritual que nutrió de espiritual bonaza a otros muchos conventos de España. Y es que los avatares que han conmovido los cimientos de este convento, han hecho historia.

El año 1340, asola los reinos hispánicos, de desigual manera, una epidemia inclemente que merma la población de muy sensible manera. Aragón sufrió la sangría inclemente de aquella peste. Nada consiguen los denodados intentos médicos por atajar la terrible pandemia. Y los conventos franciscanos, al par de la población, no se libran de tan desolador latigazo, sobre todo cuando a la evangélica servicialidad de los religiosos incumbe atender a los enfermos y ayudarles a bien morir.

Los cronistas de la Orden nos dicen que el convento de San Francisco permaneció vacío durante once años. Era Ministro Provincial fray Raimundo de Basso, benemérito religioso que apenas si pudo hacer nada por detener el descontrol que supuso no disponer de personal cualificado para regular la vida claustral, como guardianes y vicarios, maestros de novicios, profesores de filosofía, teología y artes, y predicadores. Los nuevos postulantes carecen de quienes les formen en la regularidad evangélica que comporta la forma de vida de los Frailes Menores, y el desorden resultante contribuye no poco al decaimiento de la observancia regular en los conventos.

Pasado ese intervalo de tiempo, el convento de Zaragoza no logra reunir a más de cuatro o seis religiosos, lamentable escasez que no facilitaba el normal desenvolvimiento de la vida conventual, por el abandono irremediable de la mayoría de funciones que correspondían a los miembros de la comunidad.

Observantes y claustrales o conventuales

Los intentos de recuperar cuanto antes la normalidad regular, volviendo al rigor de la pobreza que habían santificado con su ejemplaridad tantísimos religiosos, tropieza de inmediato con el criterio más acomodaticio de quienes entienden que hay que suavizar la extrema aspereza de la vida claustral, lo que acaba por polarizar los criterios encontrados de Observantes, afanosos de la primitiva regularidad, y de los Conventuales, menos implicados en esa la renovación, hasta que el Papa Martino V, con un decreto fechado en 1517, discerniría con el tiempo el perfil de unos y otros, lo que facilita que el Concilio de Constanza, de 1518, separe a unos de otros precisamente con la bula de la unión.

La entrega del Real convento a los observantes no estuvo falta de enconada resistencia por parte de los religiosos conventuales, hasta el punto de que hubo de intervenir la autoridad civil para conseguir el doloroso traspaso.

Desde esa fecha, la Provincia de Aragón se divide en dos sectores, la de los Conventuales y la de la Observancia. Un determinado número de conventos se adscriben a la Observancia y otros se mantienen fieles a su tradición inmediata, como éste de San Francisco, junto con los de Huesca, Jaca, Teruel, Ejea de los Caballeros, Monzón y Sariñena.

La configuración de ambas tendencias había sido más bien lenta y venía de lejos. En 1373, se había nombrado guardián de San Francisco a fray Martín Sebastián o de Logroño, quien dedica todos sus esfuerzos a recuperar el espíritu de la observancia. No puede decirse los mismo de su predecesor, fray Berenguer de Obón, más contemporizador, lo que no impide que fray Martín prosiga su encomiable labor como formador de novicios, proseguida por fray Juan de Tauste, a pesar del parón de cuarenta años, que va de 1348 hasta el día 28 de octubre de 1388, fecha clave en que se da ya la separación de Observantes y Conventuales en Órdenes independientes.

La custodia observante

De este convento de Zaragoza surgirían los religiosos que, ganosos de una mayor fidelidad a la observancia evangélica, fundarían el primer convento observante en Manzanera, Teruel, el año 1378: fray Raimundo Sanz, fray Sancho de Fababuj y fray Antonio Monrós.

Las vocaciones en la Observancia progresan con inusitada efervescencia y los conventos ven florecer de inesperado modo la vida claustral, a lo que contribuye no poco el apoyo decidido del Vizconde de Chelva y el valimiento del rey aragonés D. Alfonso V, quien, ganoso del buen gobierno de la Orden, obtiene, en 1448, del Papa Nicolao V una bula donde se determina que los ministros provinciales no puedan pasar de tres años en el desempeño de su cargo, con otras acertadas recomendaciones con que preservar la observancia de toda relajación.

Franciscanos aragoneses en América

En el haber de su contribución a la obra misionera en América, cuenta fray José Ramón Abella. Nacido en Montforte (Zaragoza), el día 28 de mayo de 1764, ingresa en la familia franciscana en el Convento de Jesús (Zaragoza), el día 6 de marzo de 1784, donde profesa el 7 de marzo del siguiente año. Cuatro años de estudio le prepararon para recibir las ordenes propias del ministerio sacerdotal, que le habilitan para confesar y predicar. Regía como guardián el convento de San Antonio de Mora, cuando emprende su empresa misionera desde Cádiz, en cuyos en archivos consta como persona de unos treinta años de edad, de regular estatura, cabello y ojos oscuros, amplia frente, labios gruesos. Cara suave y bien afeitada, con una antigua cicatriz en el mentón.

Parte de Cádiz como era preceptivo, en una expedición que cuenta con 22 compañeros más, y en Méjico ingresa en el Colegio San Fernando, centro formativo de misioneros donde se les imparten los conocimientos que les capacite para ejercer con eficacia su labor evangelizadora, y el año 1798, con siete compañeros, se le destina a Santa Bárbara, California, misión construida en 1786 por religiosos franciscanos venidos de España, en una colina de la ladera de las montañas de Santa Inés. En Santa Bárbara y en San Francisco empieza su obra misionera, hasta 1819.

Durante su estancia en ésta última, elabora un estudio detallado que informe sobre las enfermedades y mortandad de los indios al gobernador Pablo Solá, razón que le impulsa a fundar una asistencia u hospicio, que con el tiempo acabaría por convertirse en misión.

A instancias esta vez del gobernador, redacta igualmente un informe etnológico sobre las costumbres de los nativos. En estancias de la misión, hospeda a viajeros tan eximios como Nikolai Petrvich Rezánov con su comitiva de 1806, Otto de Kotzebue, 1816, y Canúlo de Roquefeuil, 1817.

A fin de abrir nuevos horizontes, acompañado en todo momento por fray Buenaventura Fortuny perteneciente a la misión de San José, y de un destacamento de cincuenta soldados que manda el sargento José Sánchez, realiza sendas expediciones para explorar desconocidas tierras del interior (1811 y 1817), cursando, en lanchas, los ríos Sacramento y San Joaquín, pero antes de internarse por los dos susodichos ríos, ya habían explorado la bahía de San Pablo, dando los nombre de San Pedro y San Pablo a los dos cabos que la separan de la aneja bahía de Suisun y el estrecho Carquínez,. Durante la expedición, atienden a enfermos, ungen a los moribundos y contactan con tribus nativas, en cuyas rancherías consiguen descansar. Abellá tuvo el buen acuerdo de dejar constancia de la expedición, que concluye e1 día 30 de octubre.

En las primavera del año 1817, junto con fray Narciso Durá de la misión de San José, emprende una tercera expedición, bajo la tutela del teniente Luis Argüello, por el río Sacramento y su afluente San Joaquín a los que dan nombre, llegando, recorridas cuarenta leguas, a tierras de Clarkburg y Freeport. El regreso a San Francisco ocurre el día 26 de mayo.

Viaja también a la misión de San Carlos, fundada por fray Junípero Serra, y permanece allí, al servicio de la misión, desde 1819 a1833. Es aquí donde, al independizarse Méjico de la soberanía de España, Abellá se negará a aceptar la constitución de 1824, rebelde actitud que mueve al gobernador a que se le deporte, previa la entrega de un pasaporte, orden que no llega a cumplirse, dada la escasez de misioneros necesarios en California.

En 1834, quebrantada ya su salud y extremadamente empobrecido, sirve a los nativos como mejor puede en la misión de San Luis Obispo hasta 1841. Aún se trasladará a las misiones de la Purísima y Santa Inés, donde muere el día 24 de mayo de 1842.

De él se dijo que "tenía un carácter sincero y piadoso, experimentado con los indios y solícito y paciente en sus trabajos". No se entiende que su memoria no haya fraguado en las mejores páginas de muchos de nuestros historiadores.

En el haber de su contribución a la obra misionera en América, cuenta fray José Ramón Abella. Nacido en Montforte (Zaragoza), el día 28 de mayo de 1764, ingresa en la familia franciscana en el Convento de Jesús (Zaragoza), el día 6 de marzo de 1784, donde profesa el 7 de marzo del siguiente año. Cuatro años de estudio le prepararon para recibir las ordenes propias del ministerio sacerdotal, que le habilitan para confesar y predicar. Regía como guardián el convento de San Antonio de Mora, cuando emprende su empresa misionera desde Cádiz, en cuyos en archivos consta como persona de unos treinta años de edad, de regular estatura, cabello y ojos oscuros, amplia frente, labios gruesos. Cara suave y bien afeitada, con una antigua cicatriz en el mentón.

Parte de Cádiz como era preceptivo, en una expedición que cuenta con 22 compañeros más, y en Méjico ingresa en el Colegio San Fernando, centro formativo de misioneros donde se les imparten los conocimientos que les capacite para ejercer con eficacia su labor evangelizadora, y el año 1798, con siete compañeros, se le destina a Santa Bárbara, California, misión construida en 1786 por religiosos franciscanos venidos de España, en una colina de la ladera de las montañas de Santa Inés. En Santa Bárbara y en San Francisco empieza su obra misionera, hasta 1819.

Durante su estancia en ésta última, elabora un estudio detallado que informe sobre las enfermedades y mortandad de los indios al gobernador Pablo Solá, razón que le impulsa a fundar una asistencia u hospicio, que con el tiempo acabaría por convertirse en misión.

A instancias esta vez del gobernador, redacta igualmente un informe etnológico sobre las costumbres de los nativos. En estancias de la misión, hospeda a viajeros tan eximios como Nikolai Petrvich Rezánov con su comitiva de 1806, Otto de Kotzebue, 1816, y Canulo de Roquefeuil, 1817.

A fin de abrir nuevos horizontes, acompañado en todo momento por fray Buenaventura Fortuny perteneciente a la misión de San José, y de un destacamento de cincuenta soldados que manda el sargento José Sánchez, realiza sendas expediciones para explorar desconocidas tierras del interior (1811 y 1817), cursando, en lanchas, los ríos Sacramento y San Joaquín, pero antes de internarse por los dos susodichos ríos, ya habían explorado la bahía de San Pablo, dando los nombre de San Pedro y San Pablo a los dos cabos que la separan de la aneja bahía de Suisun y el estrecho Carquínez,. Durante la expedición, atienden a enfermos, ungen a los moribundos y contactan con tribus nativas, en cuyas rancherías consiguen descansar. Abellá tuvo el buen acuerdo de dejar constancia de la expedición, que concluye e1 día 30 de octubre.

En las primavera del año 1817, junto con fray Narciso Durá de la misión de San José, emprende una tercera expedición, bajo la tutela del teniente Luis Argüello, por el río Sacramento y su afluente San Joaquín a los que dan nombre, llegando, recorridas cuarenta leguas, a tierras de Clarkburg y Freeport. El regreso a San Francisco ocurre el día 26 de mayo.

Viaja también a la misión de San Carlos, fundada por fray Junípero Serra, y permanece allí, al servicio de la misión, desde 1819 a1833. Es aquí donde, al independizarse Méjico de la soberanía de España, Abellá se negará a aceptar la constitución de 1824, rebelde actitud que mueve al gobernador a que se le deporte, previa la entrega de un pasaporte, orden que no llega a cumplirse, dada la escasez de misioneros necesarios en California.

En 1834, quebrantada ya su salud y extremadamente empobrecido, sirve a los nativos como mejor puede en la misión de San Luis Obispo hasta 1841. Aún se trasladará a las misiones de la Purísima y Santa Inés, donde muere el día 24 de mayo de 1842.

De él se dijo que "tenía un carácter sincero y piadoso, experimentado con los indios y solícito y paciente en sus trabajos". No se entiende que su memoria no haya fraguado en las mejores páginas de muchos de nuestros historiadores.

La Invasión francesa

El Convento de San Francisco en los Sitios.

Luis Longásd Otin, en su estudio sobre Los conventos franciscanos y capuchinos en la defensa de los sitios de Zaragoza (dirmensajero@teleline.es), citando a Casamayor, dice que "a la hora dramática de la Guerra de la Independencia, el Convento de San Francisco que ocupaba un gran terreno con su huerta, iglesia y numerosas habitaciones y dependencias, capaz de albergar diariamente a 100 religiosos, se convirtió en una verdadera ciudadela. Fue el refugio de cientos de personas que abandonaban sus casas, huyendo del peligro de las bombas. Y fue la casa de los sin techo, de aquel gran número de familias que se quedaron en la calle, al ser derruidas sus viviendas por los enemigos. Los cronistas de Los Sitios aluden con frecuencia a la importancia que tuvo este convento de San Francisco. Dice Casamayor:

Día 4 de agosto de 1808: Este día es el que será memorable para la ínclita Zaragoza en todas las posteridades... Se hicieron dueños del convento de San Francisco y del Hospital en el que habiendo cometido cuanto de malo pueda imaginarse, nos hicieron desde estos dos puntos tanto fuego que a penas se podía respirar, pues apoderados de la torre y vistillas de San Francisco, cuadras e iglesias
del Hospital donde formaron viseras, no dejaban pasar a persona alguna sin tirarle, y a pesar de tanta furia de fuego, no faltaron valientes patricios que despreciando sus vidas, hicieron frente al enemigo, causándoles mucho daño y muertos ( Casamayor, o. c. Pág. 120).

Día 5 de agosto de 1808: Amaneció el día y prosiguió el bombardeo como el anterior, y los robos y asesinatos en los barrios ocupados por ellos con el mayor furor, destrozando el Santo Hospital, quemando el granero y matando a los hermanos dementes que lo guardaban, y cometiendo cuanto su indignidad les sugería. Como también el convento de San Francisco, en cuyas gradas del Coso estaban tendidos los cuerpos de nueve religiosos muertos el día anterior, sin poder acercarse nadie a darles sepultura por el vivo fuego que de la puerta, torre y alturas del mismo y del Hospital, continuamente estaban haciendo a cuantos se presentaban (Casamayor, o. c. Pág.122.).

La única forma de combatir a los franceses y sacarlos de estas dos grandes fortalezas donde estaban cobijados, el Hospital y el Convento de San Francisco, fue el incendio de estos edificios.

El 12 de agosto de 1808, "se incendió el interior del Hospital, donde quedaron tan solo algunos franceses, e igualmente el Convento de San Francisco, en cuya iglesia tenían colocado un cañón" ( Casamayor, o. c. Pág. 143).

El día 14 de agosto llegó la noticia de la Batalla de Bailén y los napoleónicos se retiraron de Zaragoza. Uno de ellos resumió así el espíritu de los defensores de las últimas jornadas: "Los sitiados se defendían con un encarnizamiento sin ejemplo. No podíamos avanzar sino pegando fuego a todo, caminando de casa en casa, perforando muros para establecer comunicaciones y hacer nuevas aspilleras. Sucedía a menudo que, al derribar un tabique, se encontraba detrás al enemigo, que seguía defendiéndose a la bayoneta" ( Beltrán Martínez, Antonio: "Zaragoza: 2000 años de historia", Zaragoza. Pág. 165

Zaragoza se preparó durante unos meses para hacer frente con valor y energía al segundo Sitio, que dio comienzo el 20 de diciembre de 1808, con la aparición de los franceses delante de la ciudad, ocupando inmediatamente el monte de Torrero.

En este segundo sitio, la suerte del Convento de San Francisco fue peor. Los enemigos quisieron acabar con él y fue un acontecimiento memorable e histórico que todos relatan, la voladura del convento. El hornillo que la produjo contenía 3.000 libras de pólvora. La terrible explosión lanzó a enorme altura una gran parte del convento y del claustro, cuyos restos cayeron en el inmenso cráter.

Una columna se dirigió al asalto, creyendo a los españoles amedrentados por la explosión. Pero al contrario, ante la enormidad del desastre, aumentó el coraje de los zaragozanos, y con renovada firmeza, siguieron disputando el terreno palmo a palmo. Había quedado en pie el campanario.

Unos paisanos subieron a él, pasaron a la bóveda de la iglesia e hicieron agujeros, por los cuales fusilaban y echaban bombas y granadas a los intrusos. Dice Lejeune, comentando la voladura del Convento de San Francisco:

Rara vez ha presentado la guerra un cuadro más espantoso que el de las ruinas del Convento de San Francisco durante el asalto y en los momentos que le sucedieron. "No solamente la violenta explosión destruyó la mitad del convento y las cuevas, en las que muchas familias se creían en seguridad contra el bombardeo, sino que hizo perecer a 400 obreros y defensores, entre ellos, toda una compañía de granaderos del regimiento de Valencia.

La tierra de los jardines de Fuentes, todo el terreno de los alrededores, y los techos, presentaban el horrible espectáculo de estar cubiertos de restos humanos. No se podía dar un paso sin tropezar con miembros desgarrados y palpitantes. Un gran numero de manos y de fragmentos de brazos separados nos indicaban toda la enormidad de la catástrofe.

La explosión había hecho una gran brecha a un lado del muro, cerca de la puerta mayor... Cuando penetramos por la brecha, los españoles entraban ya en la iglesia por la sacristía. Se parapetaban en medio de los escombros, detrás de bancos, sillas, confesionarios volcados; hasta las reliquias y los ataúdes, exhumados de sus cuevas por la explosión, todo les servia de barricada para combatir.

Una lluvia de balas caía sobre nosotros por todas partes. Las más mortíferas partían de las tribunas y galerías altas, especialmente de las pequeñas aberturas de uno de los grandes pilares al lado del coro, en donde estaba situada la escalera del campanario.

Merece especial mención el gesto heroico, semejante al de Agustina de Aragón, el que protagonizó una mujer zaragozana, María Blánquez, al intentar liberar la imagen del Cristo de la Cama de esta iglesia de San Francisco. Se lanzó valientemente al interior del templo y, en medio de llamas y disparos, entre sangrientas bayonetas francesas y los dolorosos quejidos de los heridos y moribundos, ahogada por el humo y el polvo y ayudada por cuatro labradores, logró rescatar la sagrada imagen del Cristo de la Cama. Sin temor, entre los dos fuegos, lograron sacarla a la plaza y trasladarla al palacio arzobispal. La imagen presentaba huellas de siete balazos y señales de haber sido pinchada por las bayonetas.

Finalmente, la imagen fue trasladada al Pilar, entre encendidos fervores y cánticos de los zaragozanos, a su paso por las calles de la ciudad. Cerca de un año permaneció la sagrada imagen en el Pilar, hasta que en solemne procesión fue depositada en la iglesia de Santa Cruz, y después, fue llevada a la real capilla de Santa Isabel.

Al establecerse canónicamente en esta iglesia la Real Hermandad de la Sangre de Cristo, esta sagrada imagen continua venerándose en dicho templo. Es una talla del Siglo XV de desconocido escultor."

Un gravado de la época